DANI KARAVAN

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Memorial Walter Benjamin

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“Passatges”, promovida por el Govern de la Generalitat de Catalunya y el Gobierno Alemán, está situada en Port-Bou, un pueblecito fronterizo catalán, en el que se alza esta obra de Karavan. Ésta es un grito a la memoria de los exiliados y de la tragedia de la barbarie humana. Mediante el uso del lenguaje, la memoria y la abrupta naturaleza, el escultor ofrece un sustrato político que sugiere que la armonía universal es capaz de ahuyentar el deseo de hacer la guerra y de dominar a los demás.

Localización

Porbou, pueblo que se localiza en la parte EN de la comarca catalana del Ampurdán: Por su estratégica situación, el Ampurdán ha desarrollado un doble papel histórico: baluarte defensivo o marca fronteriza en unas ocasiones, y vía de comunicación o tierra de paso en otras.

El sector más oriental de los pirineos se desdobla en dos ramales, los Alberes, que siguen hacia el mar por Portbou y Cerbère, y la Sierra de Rodes, en dirección SE, que se hunde en el Mediterráneo.

Por la influencia marina y por la acción resecadora de la tramontana, presenta unas características climáticas que podríamos definir como netamente mediterráneas. El manto vegetal que recubre estos macizos paleozoicos, abundantes en granito y materiales En general, el Ampurdán goza de un clima benigno, mediterráneo, pero con un rasgo que lo caracteriza sobremanera: el viento. La tramontana, viento frío que sopla del N-NO, también suele encontrarse en Menorca y en el sur de Francia, pero en ninguna parte impregna la vida cotidiana con la intensidad con que suele hacerlo en la llanura ampurdanesa, donde su persistencia incluso ha dado origen a numerosas leyendas y tradiciones. Su furia ha obligado al agricultor, en muchas zonas, a proteger su cosecha levantando empalizadas de cipreses.metamórficos, responderá, por tanto, a dichas circunstancias.

El aspecto agreste, metalífero, de formas retorcidas y atormentadas y de una soledad abrumadora que presenta esta costa se debe a la naturaleza de los materiales granítico-pizarrosos que forman la sierra y al embate del viento, contra el que no hay protección.

Los Albéres y la Sierra de Rodes estuvieron cubiertos durante siglos por arconocales. Hoy, pese a que el alcornoque aún es abundante en ciertos enclaves, ocupa mucha menor extensión que los matorrales que han resultado de su degradación.

La ocupación humana de estas zonas montañosas del Alto Ampurdán trajo consigo la implatación de la vid y el olivo, cuyos cultivos se mantuvieron hasta finales del s. XIX, cuando una plaga -la filoxera- arrasó las viñas, mientras que los olivos, viejos y enfermos, dejaban de ser rentables. Se inicia entonces una rápida despoblación y los bancales abandonados se recubren de matorrales de tojo, aliaga y coscoja, esa encina mediterránea achaparrada y de hojas espinosas que en la comarca recibe el apelativo de “garric” y que origina el nombre de la “Garriga”.

Siguiendo la línea fronteriza de los Albéres encontramos Portbou, que se abre sobre una pequeña bahía y es el segundo centro fronterizo de la provincia. Es la puerta más oriental de España. Es un pueblo-aduana cuyos habitantes vivían hasta hace poco de la frontera que aquí es especialmente una frontera ferroviaria que canaliza el tráfico con Italia y Suiza, con Europa en definitiva, a través de Francia, función que comparte con la ciudad francesa de Cerbère. Portbou es, sobre todo, su aduana y su estación de ferrocarril (hermosísima construcción de acero y vidrio proyectada por Eiffel), a cuyo alrededor se ha desarrollado y vive la población.

 

La obra: Passatges

Pasajes es el nombre de la obra que el artista Dani Karavan ha proyectado y realizado en la ciudad fronteriza de Portbou en homenaje al filósofo y escritor judío-alemán Walter Benjamín, a fin de recordar el 50º aniversario de la muerte de esta figura cumbre del pensamiento del s.XX, que se suicidó el 26 de setiembre de 1940 en Portbou cuando trataba de huir de la Gestapo y su consecuente traslado a un campo de concentración.

Al llegar a Portbou, después de un exhausto camino a través de un paso de cadena montañosa que mira hacia el Mediterráneo, Benjamín, entre un grupo de refugiados que huían del mismo enemigo, tomó habitación en un hotel donde la policía y autoridades municipales le examinó los papeles y le denegaron el visado. Su escapada hacia la libertad que le esperaba en los EEUU quedó así frustrada.

Aterrorizado ante la posibilidad de ser devuelto, sufrió un paro cardíaco, posiblemente provocado por una sobredosis de morfina. Murió en su habitación y fue enterrado en el cementerio local el 28 de septiembre. El resto de refugiados que huían con Benjamín, lograron llegar a salvo a América.

No es accidental que Karavan haya llamado a su obra Passages, pues no se trata únicamente de un título que recuerda el fatídico paso de Benjamin por Portbou, sino que es también una referencia explícita a la obra inconclusa de Benjamin, Passagen Werk, en la que trabajó desde 1927 recopilando citas y fragmentos que ilustraban diferentes tipos de tránsitos con la intención de despertar al hombre de su brutal ensimismamiento.

Sin embargo y para sorpresa de muchos, la obra del artista no pretende ser una ilustración del ensayo del filósofo. En realidad, Karavan confiesa no haber profundizado en esta lectura, y ni tan siquiera había pensado nunca en el hecho de realizar un monumento a Walter Benjamin.

Pero cuando en 1989 se le encargó desde Alemania la realización de un homenaje en Portbou, Karavan no tuvo ninguna duda al respecto, a pesar que desde buen principio se le advirtió de que se contaba con un presupuesto muy reducido. Para Karavan no se trataba de una cuestión económica, sino más bien de la posibilidad de saldar una deuda personal con el filósofo alemán. Y es que , Karavan, no necesita ser un erudito en los escritos de Benjamin ya que su propia idiosincrasia constituye un puente de unión fuerte y seguro con el pensamiento del alemán.

Las afinidades entre ambos autores parten de una base cultural muy evidente, la tradición judía, ambos han experimentado las miserias de la guerra, y para ambos fue vital posicionarse ante la brutalidad humana. El compromiso político, social y, sobre todo humano de estas dos personalidades es exageradamente relevante como para pasarlo por alto. Karavan tenía muy presente que fue este compromiso, esta libertad de pensamiento, la que arrojó a Benjamin al vacío.

La relación de Benjamin con la cultura judía es uno de los puntos básicos de su desarrollo teórico, pues de ahí nace la configuración de la memoria colectiva. Pero también característico de la obra de Benjamin, es la capacidad para situarse entre las distintas disciplinas de su época: la cultura alemana que le es impuesta como origen, la tradición judía, la cultura francesa de la Ilustración, las ideas marxistas… Benjamin bebe de todas ellas pero sin llegar a identificarse con ninguna, ya que ante todo, fue fiel a su libertad.

Sin embargo, la relación de Benjamín con el judaísmo no dejó de ser conflictiva, ya que se sentía unido a éste por sus valores espirituales, pero a la vez distanciado del pensamiento sionista, al apostar por una visión abierta y cosmopolita de la cultura.

Existe un estrecho vínculo entre la concepción de la historia de Benjamin y la tradición ritual hebraica, que hace de la transmisión a través de los textos sagrados un elemento fundamental de la memoria colectiva. Una memoria colectiva que además no se basa en aspectos territoriales (se constituye a partir del éxodo del pueblo judío) a diferencia de la memoria colectiva occidental.

Esto supone un posicionamiento ante el planteamiento de una memoria cultural y la comprensión histórica del judaísmo y la memoria colectiva de Israel frente al holocausto. Walter Benjamin era muy consciente de este silogismo y lo desarrolló teóricamente, mientras que Dani Karavan a continuado este desarrollo teórico a través de la actividad artística.

En el pensamiento histórico del filósofo se define un concepto que ha de ser uno de los puntos de arranque de todo su empeño. Se trata del concepto de “despertar”. En la década de los treinta, Benjamin se propuso dirigir la mirada hacia la sangre y el horror porque, decía, “la humanidad aún no ha despertado del espejismo del s. XIX, y está condenada a vivir la pesadilla del s. XX” .

Profeta retrospectivo, Benjamin propone que no se excluya a la propia persona en aras de la objetividad, sino que sea palanca de conocimiento, que haya una correspondencia entre dos instantes que se encuentran y que quieren estar juntos, porque también las épocas sueñan a través de los individuos.

La obra Passages en la que trabajó hasta su muerte estaba pensada en este sentido y en virtud al concepto de “despertar”. Se trata de un vasto conglomerado de citas y fragmentos para despertar al hombre.

La propuesta de Benjamin por la identidad cultural global frente a la nacional, su visión del carácter fragmentario de la cultura moderna y la utilización de algunos símbolos de procedencia hebraica para desentrañar los rasgos de la modernidad, certifican la importancia de la tradición judía en la obra del pensador alemán. Una tradición que llevó a los límites y fronteras para integrarla en una visión global de la cultura.

Al recibir el encargo, Karavan sabía que no podría diseñar un monumento en el sentido clásico de la palabra. Por un lado, la propia concepción artística del israelí se fundamenta en dos principios básicos que intuitivamente se alejan de la posibilidad de un monumento-homenaje de tipo recordatorio. Por un lado, su compromiso político, que lo ha llevado ha una interpretación del arte a modo de catarsis que se integra en la sociedad en pro de la paz y la armonía; y por otro, la exigencia de que el arte sea parte y forma de la Naturaleza, regido por un principio de mínima intervención que sólo se hace evidente como acento del lenguaje y símbolo natural.

Pero además, al reflexionar sobre un homenaje a Benjamin, Karavan tuvo muy presente que la única forma lícita de acometer el encargo era través de una aproximación al autor alemán pues, si en realidad se quería honrar su memoria, era preciso que el público conociera , no sólo su tragedia sino también y sobre todo, los confines de su pensamiento.

Karavan ha conseguido que el visitante que encamine sus pasos hacia este rincón de la naturaleza experimente un viaje en el más puro sentido Benjaminiano, porque Passajes no es otra cosa que un paseo a través del tiempo, un tiempo que deambula entre la pluralidad y la singularidad, entre lo exterior y lo interior, un tiempo que lo abraza todo en una espiral eterna.

Karavan no impone, sino que propone un homenaje que no está en las formas sino en la experiencia introspectiva a la que se somete el visitante que sólo así podrá entender realmente la tragedia de un hombre y la de todos los hombres que vivieron la misma suerte y el papel que el resto jugamos en la misma historia, una HISTORIA con mayúsculas cuando por fin la escribamos todos, al igual que el arte y la cultura y finalmente entenderá la encarnación de la naturaleza que él tanto reclamaba. Por eso, en los Passajes de Karavan están los passajes de Benjamin.

Para el artista, la obra no son los elementos que él introduce ( el túnel, las escaleras, el acero oxidado, el muro de piedras, la plataforma, el asiento…). Éstos son sólo formas que acentúan la verdadera obra y que no es otra que la misma naturaleza. En el remolino de mar, en el cementerio, en el viejo olivo, en el paisaje, hay están los verdaderos passajes, los de Benjamin y ahora, gracias a Dani Karavan, también los del caminante que se someta a la experiencia que él propone.

Karavan se ha limitado a dejar hablar a la naturaleza, dejando plena libertad al observador para que asimile de forma individual su contacto con lo natural y con el arte. Conscientemente, ha huido de toda imposición itineraria para que sea la intuición del espectador la que seleccione el recorrido que empieza, sabiamente, en una plaza junto al cementerio donde se abren diversos caminos que conducen a tres pasajes.

La parte emocionalmente más impregnada es el túnel. Entrando por una escueta puerta rectangular inquietantemente torcida, este túnel lo dirige a uno hacia abajo a través de unos estrechos escalones que conducen al precipicio, al vacío de un mar espumoso y embravecido.

Sumido en la oscuridad del túnel, el caminante sentirá la soledad de sus pasos fijando su mirada en el único atisbo de luz al final del angustioso pasillo y que proviene del movimiento hipnotizador del mar. Hay está el. remolino de agua que estalla en las rocas como el batir de un corazón herido y que Karavan asimiló como metáfora de la angustia, del “círculo vicioso del destino”. Fue precisamente este fenómeno marino el que cautivo al artista en sus primeras exploraciones de Portbou y el que lo decidió a emplazar, sin lugar a dudas, la obra.

La placa de vidrio que en este punto se interpone al transeúnte, lo rescata física y psicológicamente. Físicamente porque es el muro que protege del abismo y psicológicamente porque despierta a la persona de la hipnosis angustiosa del encarcelado túnel y de la dolorosa e incomprensible ruptura infinita de las olas.

Las palabras de Benjamin sacuden literalmente al individuo para sacarlo de sus ideas y sus temores y sumergirlo en otra reflexión no menos tensa:

"Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica está consagrada a la memoria de los que no tienen nombre"

Con ello, Karavan y Benjamin al unísono embarcan el pensamiento en la necesidad de una memoria colectiva y así, la conmemoración, se convierte en experiencia intelectual básica a la vez que experiencia de la naturaleza.

Al recular en su camino, los ojos del caminante ya no se fijan en las olas sino el azul del cielo, símbolo de la libertad, pero nuevamente vuelve marchitarse la esperanza ante la interrupción repentina de un muro que corta visual y espiritualmente este anhelo imperativo.

Las planchas de acero que configuran el túnel tienen un aspecto rojizo, oxidado, que se adapta al entorno natural de una tierra seca y árida y una roca dura y grisácea. Visto desde las montañas, al norte de Potbou, el túnel parece un enorme caño viejo y roñoso que queda parcialmente enterrado en la tierra con la misma agresividad de una hoja de cuchillo.

Cuando se sale del túnel y una vez liberado del choque de emociones que implica su recorrido, se vuelve a la plaza, al punto inicial. De allí se retoma el camino hacia un nuevo pasaje en el que una escalera metálica dirige la mirada hacia un viejo olivo que se reguarda en la pared del cementerio.

Paradójicamente, este ser busca ayuda para sobrevivir entre los muertos. Al acercarse al olivo, el visitante ve un árbol cuya historia y cuyo destino se lee en su rostro: su vejez, la transfiguración de sus formas por el viento y las enfermedades que han azotado su corteza aunque, y aquí un mensaje mudo de esperanza, quizá no su alma, ya que muestra ostentoso unas ramas llenas de frutos. El recuerdo de la amenaza de la muerte y la prueba de la supervivencia se muestran al mismo tiempo en un ejemplo de dualidad magistral.

El olivo, que tantas veces ha integrado el artista israelita en sus obras como símbolo de la paz y de la libertad, toma aquí una magnitud superior, ya que no sólo representa la lucha por la supervivencia sino la supervivencia misma.

Una pequeña plataforma de acero invita a pasear la mirada por el paisaje abierto de la bahía en compañía de este reconfortante símbolo.

Detrás del cementerio, Karavan ha proyectado un tercer pasaje. Una pequeña plaza deshace el camino y muestra una plataforma cuadrada de cuatro metros de lado con un cubo en su centro que incita al reposo.

Vuelve a ser tiempo de reflexión cuando, aceptando la invitación, el visitante se libra al silencio del paisaje y solo descubre el murmullo del agua, los pitidos de trenes que llegan de la estación, el susurro incansable del viento y quizá el canto de algún pájaro.

El horizonte se abre ante si con la visión de las montañas que forman la frontera francesa, y justo cuando empezaría una reflexión pacífica animado por la fusión con la naturaleza, aparece nuevamente un elemento represor de la libertad. Una valla metálica que se sostiene sobre la pared del cementerio, se alza entre la mirada y el paisaje para recordar que, también aquí, existen límites.

Y todos los pasajes parten del cementerio, la presencia del pasado y el futuro seguro es constante, y el presente se nos muestra como un punto de unión entre ambos, un deambular por la reflexión del ayer y el mañana, un pasaje del tiempo ya no sólo individual sino también colectivo.

En este sentido, la obra artística no es solo un homenaje a la memoria, un “memento mori”, sino que cabe una interpretación contemporánea del barroco tema de las vanitas en el que la muerte viene a integrarse como elemento substancial de la obra. Pero aquí, la presencia de la muerte se aleja de la concepción pesimista del barroco, ni tan siquiera cuando ésta se recordaba para justificar una exhortación a la vida.

La muerte que aquí está presente procede de una visión benjaminiana y así, aunque trágica, sólo interviene como ejercicio de reflexión histórica, para mostrar el horror y la esperanza que ha vivido la humanidad a lo largo del siglo XX y que, como prefiguró Benjamin, se repite ante la pasividad de un hombre adormecido.

Los Passajes de Karavan están pensados como vía de reencuentro con el pasado y la memoria de los muertos, hechos que tienen su sitio en una dimensión que abraza el pasado, el presente y el futuro, de ahí la exigencia, citando textualmente a Dani Karavan:

“recordémoslo siempre y que nada sea olvidado”.

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